Es cierto que no me obligaste a enamorarme profundamente de ti, no me apuntaste con una pistola, pero me encañonó tu mirada. No hay nada más irresistible que tu mirada, nadie puede negarse a eso.
Nunca sentí una presión encima de mí que me hiciera quererte, pero sentí tu mejilla, cuando nos saludamos; sentí tu mano, cuando sin querer se rozaban con una suerte de nerviosismo y necesidad mutua de tocarnos, y de comprobar que estábamos juntos, aunque ahora sé que fue sólo un momento; sentí tu pecho, justo antes de sentir tus labios, cuando la tensión entre nosotros y el deseo del primer beso explotó y no pudo más, no pude más.
Insisto, hay quienes obligan a otros a enamorarse y a amar. Tú no me diste otra alternativa, cuando me miraste supe que no había opción. Pude correr, pude arrancar y evitar todo, pero lo cierto es que junto con la obligación de enamorarme, estuvo siempre la invitación a hacerlo, y fue errático mi actuar, pero fue.