viernes, 16 de febrero de 2018

De esos encuentros en otros lugares

Con toda la volatilidad de nuestras vidas, no sé cómo podría evitar haberte conocido de la forma en la que lo hice. La primera vez nos vimos en el metro, tú ibas de camino a tu casa y yo recién saliendo de la mía. Estaba escapando de todo lo que mi casa encierra, las fotos, mi cama grande media desordenada y media sin usar, los olores y la pena. Cuando te vi no pensé que eras tú, pero al acercarme a ti me saludaste muy entusiasmado y al tiro nos pusimos a caminar. Salimos de la estación y nos fuimos a comer un completo. Estuvimos no muchos minutos conversando, sobre tu historia y sobre mis ideas. Hace mucho tiempo que no me daba la posibilidad de conocer a alguien como lo hice contigo, así, a la rápida, sin muchas expectativas pero sí con muchas ganas.

El lunes, la última vez que nos vimos, fue diferente. No sé, yo sentía que entre tus palabras y mis interrupciones aparecía algo que los dos sentíamos, como un elefante rosado que se dibujaba en la habitación de nuestras conversaciones. Tampoco sé bien qué me pasa pero siempre me pongo en esa posición de esperar algo del otro, algo de ti en este caso, y bueno, me diste lo que yo quería, la primera referencia al elefante. No te voy a mentir que cuando me quisiste sacar la polera yo me puse demasiado nervioso, pero es que no estaba preparado y la verdad es que tendría que contarte toda mi historia para que entendieras el porqué de mis temores. Al final igual lo hicimos, pero ese no es el punto. Yo te miraba y tú me mirabas, me hacías reír y yo te decía que eras un pesado, porque no sé si no entendías lo que te quería decir, o si, aun entendiendo, preferías hacerte el desentendido para hacerme las cosas más difíciles.

Si me vuelves a preguntar si fuiste amable, te respondería lo mismo. Y no tiene nada que ver que yo me quejara, pero es que me apretabas y me tapabas la boca cuando aumentaba el volumen de mis gemidos de una manera que no te imaginas. Así que no, la amabilidad no tiene nada que ver con tu fuerza o con el ritmo en que se dieron las cosas. Fuiste amable porque sí, y eso es lo que importa.

Después de que no pudimos más (o de que yo no pude más), te fuiste a bañar y luego tuviste que volver a tu casa. Si tuviera que decirte algo a propósito de esa vez, te diría que me da miedo que todo se diluya en la futilidad con la que parecen vivirse los encuentros. Y me da miedo porque no sé, conocer a alguien y luego dejar de verlo parece una cosa tan de estos tiempos, que hay más probabilidades de que efectivamente eso pase, y si pasa la verdad es que me daría pena, porque todavía no aprendo a imitar tu acento y a hablar sin cantar.

martes, 13 de febrero de 2018

Llámame por tu nombre y te llamaré por el mío

"Lo que ustedes tuvieron tuvo todo y nada que ver con inteligencia. Fue bueno. Ambos tuvieron suerte de encontrarse porque los dos son buenos. Creo que él era mejor que yo. Estoy seguro que él diría lo mismo de ti. Seguro que diría lo mismo. Es un cumplido para ambos.
Cuando menos lo esperas la naturaleza encuentra nuestros puntos más débiles. Solo recuerda que estoy aquí.
Tal vez ahora mismo no quieras sentir nada. Tal vez nunca quieras sentir nada. Y, tal vez no sea yo con quien quieras hablar de estas cosas, pero siente lo que obviamente sentiste. Tuvieron una hermosa amistad, tal vez más que una amistad, y te envidio. 
Nos desprendemos de tanto para curarnos más rápido, que a los 30 quedamos en quiebra. Y cada que iniciamos con alguien nuevo, tenemos menos para dar. Y hacerte el duro para no sentir nada es un desperdicio. ¿He hablado de más? Y diré una cosa más, aligerará el ambiente. Habré estado cerca, pero nunca tuve lo que ustedes dos tuvieron. Siempre hubo algo que me detuvo."