lunes, 21 de septiembre de 2015

Antes de venir me sentía un poco indolente respecto de muchas cosas, pero ahora que siento que no falta nada para irme, me doy cuenta que me siento más vulnerable y expuesto que antes, como si fuera la primera vez que pasara por esto de alejarse de los ojos y las caricias del sol.
Después de estos días no me quedan muchas ganas para nada, y hoy, a eso de las doce de la noche, mis ganas se van a ir alejando y alejando cada vez más, hasta que unas cuantas ciudades y muchas horas de distancia nos separen. Dicen que los días se pasan rápido si uno no los cuenta, pero la verdad es que cada período ha sido eterno y entremedio pasan tantas cosas que a veces uno no sabe que pensar o que esperar. Me da pena esta cuestión, ¿por qué tiene uno que vivir estas cosas? Espero que los recuerdos de los lugares a los que fui con el Jorge y los días que pasamos juntos me duren harto, para no sentirme tan solo, ni tan triste, para no sentirme así, como si una marejada se fuera a escapar por mis ojos cuando pienso en que mañana ya no podré estar con él; sin poder dormir juntos o poner mi mano en su pecho, sin darme vueltas en la noche sabiendo que no estoy solo, sin pensar en qué haremos durante el día, sin poder mirarlo cuando se queda dormido o hablarle de la forma que le gusta para que se ría, sin poder hacerle cariño en la espalda para que me diga que lo siga haciendo por media hora más. Me dan ganas de quedarme una semana más, o llevármelo para Santiago, que su internado termine luego y le hagan el examen de grado por internet, pero no quiero volver a estar sin el Jorge, no quiero, no quiero.