martes, 30 de junio de 2015

El primer domingo

El domingo en la noche iba caminando por Eyzaguirre para mi casa, después de haber estado con las chiquillas un rato que se hizo poco. Estaba todo súper oscuro, lo único que se podía encontrar eran unos pocos autos que pasaban con las luces prendidas iluminando lo poco que podían. Me di cuenta que la luna ya no estaba tan grande como cuando la había visto cinco minutos atrás, sin embargo, mantenía la tonalidad nocturna con la luz a través de las palmeras. Al final esa fue una noche en la que descubrí las cosas en las que fijarse; los errores, las fallas, que es súper importante, siempre con las ganas de que sea para bien, siempre con ganas, eso es todo. Yo creo que no hay nada más importante que fijarse en las cosas, pensarlas, y no valoro nada más que pensar, que pensar las cosas; y si de repente no hay concordancia en las formas de ser, en las formas de pensar y en las formas de hablar, está bien. Yo por mi parte, voy a seguir pensando la forma como poder decir cada cosa que quiera, porque al final así soy no más, así que eso es todo.
Seguí caminando por esa parte que queda cerca de la casa de la Michelle. Siempre me ha gustado, siempre he tratado de sacarle fotos aunque nunca haya encontrado una buena. Me iba acercando al colegio en el que estuve toda la media. A veces pienso que ese es un lugar o un espacio diferente en Puente Alto, por el suelo, por el camino de adoquines, por las casas, por los árboles, por el pasto, por todo. No sé si esas cosas producen una atmósfera antigua o uno se transporta, qué se yo, pero es muy bacán.

martes, 9 de junio de 2015

Camino a mi casa

Iba caminando por Clavero, sintiendo el primer sol de invierno, ese que te deja sentir el frío propio de la estación, aún sin perder protagonismo. Afuera de una casa estaban dos señoras conversando apoyadas de la reja, con las bolsas de pan en la mano y con los huevos para la once. En la casa siguiente me di cuenta que esas rosas siempre están igual, con los mismos colores y con la misma pose; por un segundo dudé si eran verdaderas, luego recordé que en mis días de colegio sacaba flores para guardar los petalos en algún libro para poder conservar el color y el olor. A cada tanto levantaba un poco la vista para mirar el cielo a través de las ramas de los árboles que hay por acá, esos con hojas burdeos y bien frondosos, así como el que está al costado de mi casa. Me quedé pegado todo el camino mirando el color morado del cielo; lo miré porque sabía que no dudaría mucho, porque esas combinaciones de colores se dan en momentos precisos, así que lo miré todo el rato, fijándome cómo el sol poco a poco se escondía y el cielo se iba oscureciendo, a veces mostrando espacios con tonos naranjos o azules. Me puse a pensar en cuánto tiempo se demoraría en cambiar de color, cuánto pasaría hasta que ya no fuera morado, hasta que se hiciera de noche, hasta que me di cuenta que en momentos como ese uno no puede dejarse llevar por tantas cosas más que lo que entra a uno por las sensaciones, así que seguí caminando fijándome en cada cosa que se cruzaba, sin despegar la vista de las cosas.