domingo, 5 de junio de 2016

Madrugada del 6 de junio (domingo en la noche)

Mi familia nunca tuvo auto. Mi mamá era la única de sus hermanos que no tenía auto en su familia. Siempre teníamos que acomodarnos en los autos de mis tíos para ir a Rancagua, o simplemente andábamos en micro o bus para todas partes. Nunca fue un problema.
Cuando iba en primero medio, por el mes de octubre, mis papás se compraron un auto, uno lo bastante grande para que cayéramos los cinco perfectamente, e incluso con espacio suficiente para invitar a mi Tata, a la Mami, y para llevar a mi abuela cuando fuera posible. En ese tiempo mi abuela todavía estaba viva (para la memoria, se llamaba María Isabel Parada Bravo).
Recuerdo que mi papá siempre decía que el auto no sería para cualquier cosa, porque a él nunca le gustó que la gente usara sus autos hasta para ir a comprar pan, así que eso dio pie para que mis papás organizaran salidas los fines de semana (siempre y cuando los terribles turnos y horarios de trabajo de mi papá lo permitieran). Así que comenzamos a salir de paseo en familia, nosotros no más, sin tener que depender de mis tíos ni superar la incomodidad que siempre conlleva el viajar en transporte público. Íbamos a la playa y al campo (a Rancagua y después a Chillán, a ver a la tía Mari y al tío Luis), aunque nuestro lugar favorito era el Cajón del Maipo y sus tantos lugares escondidos que se podía encontrar, siempre bonitos y con un ambiente que agradaba al cuerpo.
Para ir al Cajón por un día no se necesitaban muchas cosas, solo un termo con agua caliente, té y café, algunas galletitas para el camino, y la indispensable parada a comprar las empanadas y panes amasados más ricos de ese lugar. A veces tomábamos el camino de Los Maitenes, y otras veces íbamos a San Gabriel o al Toyo.
Ahora ya no salgo con mis papás, mis hermanos tampoco. A veces la Paula, mi hermana menor, los acompaña, pero siempre y cuando mi papá la deje ir con la Dominga. Parece que estar mucho tiempo con mi familia deviene en algún tipo de incomodidad o discusión, así que prefiero evitar esos malos momentos y no salir tanto con ellos, aunque ahora que me pongo a recordar me doy cuenta que sí me gustaba salir con ellos, cuando yo era solo yo y nadie más. Me gustaba que mi mamá me comprara empanadas napolitanas y que llevara mi galleta favorita. También me gustaba que nos turnáramos con mis hermanos para poner nuestra música en la radio del auto. Me gustaba que mi mamá siempre quisiera que nos sacáramos fotos juntos, y que mi papá hablara de cualquier cosa que a nadie le importaba pero que todos escuchábamos mientras nos mirábamos con cara de "no nos interesa, pero es mi papá".
No sé en qué momento las cosas pasan a estar de esta forma, conmigo casi ni un día de la semana en la casa, sin poder sentirme cómodo, molestándome e irritándome por cualquier cosa, haciendo que todos peleen con todos, para terminar conmigo yéndome de la casa y dejando a todos con el sabor amargo en la garganta.

16 de octubre del año pasado

Echo de menos sentirme solo porque estoy solo, y que eso no sea una paradoja de estar mal acompañado. Echo de menos levantarme en la mañana relajado, esperando nada. Echo de menos subirme al metro y mirar a todos los que suben sin pensar si me estarán mirando. Echo de menos no sentirme siempre culpable ni constantemente errático. Echo de menos sentirme inquieto y entusiasmado por algo. Echo de menos escuchar Trust y pensar en mil cosas. Echo de menos ver películas, echo de menos sentirme validado. Echo de menos que me miren con buenos ojos, con esos que te extrañan. Echo de menos varias cosas, pero nada más que eso.