Estos días he tenido la idea de sentarme a escribir algunas de las cosas que he sentido y pensado durante el último tiempo. Por algún motivo pospongo todo lo que tiene que ver con darle lugar a las palabras y la cobertura que producen sobre mis vivencias, así que ahora, en el trabajo, después de descargar mis inquietudes a través de gestiones varias, me siento a escribir.
Cuando tenía recién veinte años solía sentarme a escribir con bastante frecuencia; hacerlo me parecía un acto solemne ya que me disponía a traducir lo que experimentaba casi inmediatamente. Escribir siempre fue un segundo momento de un momento otro, un momento primero que se trataba de algo que no tenía que ver con las palabras sino con otras cosas (esas cosas que las palabras intentan nombrar pero que nunca logran hacerlo). Ahora en cambio me cuesta mucho, y no es que tenga nada que decir, sino más bien la experiencia comenzó a distanciarse de las palabras, y entonces se me ha vuelto muy común esta sensación de que nada de lo que digo es preciso, o siquiera franco.
Hoy pienso que la inhibición opera en diferentes dimensiones: por una parte está la inhibición a cualquier acto, que yo considero timidez pero que también es estancamiento; y por otra parte está la inhibición específica del acto de decir, que resulta una pérdida porque desestabiliza el orden neurótico y fantaseoso de mis pensamientos. Bueno, en este vaivén entre silencios y decires, me siento un poco más atrevido y he decidido hacer cosas que hace algunos años no hubiese hecho.
Me he percatado de movimientos tendientes a producir distancia ahí donde lo que sentía era roce, fusión, difusión. También he notado que no quedo desafectado cuando los movimientos producen distancias; muy por el contrario, resiento cuando la distancia se nombra como lejanía, ya que el recorrido se hace más largo, y el extrañamiento se vuelve insostenible.
Preguntas difíciles, respuestas incómodas, frustrantes. Primeros besos, últimos encuentros. Reencuentros.
Y poder pensar, y reconocer