Iba caminando por Clavero, sintiendo el primer sol de invierno, ese que te deja sentir el frío propio de la estación, aún sin perder protagonismo. Afuera de una casa estaban dos señoras conversando apoyadas de la reja, con las bolsas de pan en la mano y con los huevos para la once. En la casa siguiente me di cuenta que esas rosas siempre están igual, con los mismos colores y con la misma pose; por un segundo dudé si eran verdaderas, luego recordé que en mis días de colegio sacaba flores para guardar los petalos en algún libro para poder conservar el color y el olor. A cada tanto levantaba un poco la vista para mirar el cielo a través de las ramas de los árboles que hay por acá, esos con hojas burdeos y bien frondosos, así como el que está al costado de mi casa. Me quedé pegado todo el camino mirando el color morado del cielo; lo miré porque sabía que no dudaría mucho, porque esas combinaciones de colores se dan en momentos precisos, así que lo miré todo el rato, fijándome cómo el sol poco a poco se escondía y el cielo se iba oscureciendo, a veces mostrando espacios con tonos naranjos o azules. Me puse a pensar en cuánto tiempo se demoraría en cambiar de color, cuánto pasaría hasta que ya no fuera morado, hasta que se hiciera de noche, hasta que me di cuenta que en momentos como ese uno no puede dejarse llevar por tantas cosas más que lo que entra a uno por las sensaciones, así que seguí caminando fijándome en cada cosa que se cruzaba, sin despegar la vista de las cosas.

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